Se presenta como una dulce obsesión, una inquietud que llena de zozobra cada uno de los parsimoniosos movimientos de mi respiración, exhalar, inhalar, exhalar, inhalar… Así llega el dolor, que sorprendido, se transforma por un instante en felicidad y desaparece para reaparecer con igual o mayor intensidad.
Como un fantasma que vaga por mi sistema nervioso, mira los objetos que hay a su alrededor y los observa envejecer. Me pregunto si ese dolor es el mismo que el de hace años, meses, días. Recuerdo esa pregunta sincera, ¿era la golondrina de ese verano la misma que la del primer verano? ¿Ocurría entre ellas el milagro de sacar algo de la nada y era eso burlado por la aniquilación absoluta? Aquel que me oyera asegurar que ese gato que estaba jugando allí, era el mismo que brincaba y que atravesaba ese lugar hace trescientos años, me consideraría una loca, pero locura más extraña era imaginar que era otro.

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